Mientras las rivalidades geopolíticas resurgen, la dedolarización vuelve a imponerse como un apalancamiento de soberanía monetaria. Durante mucho tiempo a la vanguardia de esta ambición, los BRICS parecían dispuestos a desafiar el orden económico dominado por Washington. Sin embargo, un reorientación estratégica de Brasil, miembro influyente del bloque, trastoca esta trayectoria. Al descartar la idea de una moneda común, el país redefine las cartas de un proyecto ya debilitado, revelando los límites de una coordinación monetaria frente a la realidad de las relaciones de poder económicas.